CAPÍTULO 11
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PAÍS |
TMM5 1998 | TMI 1998 | Población total (millones) 1998 | PNB per cápita (dólares) 1997 | Esperanza de vida al nacer (años) 1998 | Tasa de alfabetización de adultos 1995 | Ingresos del 40% más pobre de la población | Ingresos del del 20% más rico de la población |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Níger |
280 |
166 |
10,1 |
200 |
49 |
13 |
19 |
44 |
| Mozambique |
206 |
129 |
18,9 |
140 |
44 |
40 |
- |
- |
| Gabón |
144 |
85 |
1,2 |
4120 |
52 |
63 |
- |
- |
| Bangladesh |
106 |
79 |
124,8 |
360 |
58 |
38 |
23 |
38 |
| India |
105 |
69 |
982,2 |
370 |
63 |
50 |
22 |
39 |
| Bolivia |
85 |
66 |
8,0 |
970 |
62 |
82 |
15 |
48 |
| Egipto |
69 |
51 |
66,0 |
1200 |
67 |
51 |
21 |
41 |
| Sudáfrica |
83 |
60 |
39,4 |
3210 |
54 |
83 |
9 |
63 |
| Perú |
54 |
43 |
24,8 |
2610 |
68 |
88 |
14 |
50 |
| Botsuana |
48 |
38 |
1,6 |
3310 |
47 |
73 |
11 |
59 |
| China |
47 |
38 |
1255,7 |
860 |
70 |
80 |
15 |
48 |
| Brasil |
42 |
36 |
165,9 |
4790 |
67 |
83 |
8 |
64 |
| Vietnam |
42 |
31 |
77,6 |
310 |
68 |
91 |
19 |
44 |
| México |
34 |
28 |
95,8 |
3700 |
72 |
89 |
12 |
55 |
| Sri Lanka |
19 |
17 |
18,4 |
800 |
73 |
90 |
22 |
39 |
| Costa Rica |
16 |
14 |
3,8 |
2680 |
76 |
95 |
13 |
52 |
| Jamaica |
11 |
10 |
2,5 |
1550 |
75 |
85 |
16 |
48 |
| Cuba |
8 |
7 |
11,1 |
1170 |
76 |
96 |
- |
- |
| Estados Unidos |
8 |
7 |
274,0 |
29080 |
77 |
99 |
15 |
45 |
| Reino Unido |
6 |
6 |
58,6 |
20870 |
77 |
- |
20 |
40 |
| España |
6 |
6 |
39,6 |
14490 |
78 |
97 |
20 |
40 |
| República Checa |
6 |
5 |
10,3 |
5240 |
74 |
- |
24 |
37 |
| Francia |
5 |
5 |
58 |
26300 |
78 |
- |
20 |
40 |
| Corea del Sur |
5 |
5 |
46 |
10550 |
73 |
97 |
20 |
42 |
| Singapur |
5 |
4 |
3 |
32810 |
77 |
91 |
15 |
49 |
| Suecia |
4 |
4 |
8 |
26210 |
79 |
- |
24 |
35 |
Para comparar la salud de distintas poblaciones, y los cambios en la salud de una población, es útil establecer algún tipo de indicadores de salud. Las tasas de mortalidad y la esperanza de vida son las mas usadas.
Durante muchos años, UNICEF y otros muchos consideraron la tasa de mortalidad infantil (TMI) como el mejor indicador del nivel general de salud de una población. La TMI es el número de muertes entre niños menores de un año por cada 1000 nacimientos. No son los niños los únicos especialmente vulnerables a los estragos de las enfermedades, pero su supervivencia depende de diversos factores, desde biológicos y medioambientales a económicos y culturales. Aunque la TMI es todavía un indicador muy utilizado, el UNICEF considera ahora que la tasa de mortalidad de menores de 5 años (TMM5) es una medida más fiable del bienestar de una población. Está claro que ninguna estadística de mortalidad refleja completamente la salud o la calidad de vida de los que sobreviven; sin embargo, si aceptamos la TMI y la TMM5 como indicadores aproximados de la salud de una población, podemos observar llamativas diferencias entre diferentes países y diferentes épocas. Esto nos permite relacionar las condiciones económicas, sociales y políticas con los niveles de salud infantil.
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| Gráfico 3.2. Mortalidad
infantil anual en Inglaterra y Gales1 |
Gráfico 3.4. Comparación
entre las tasas de mortalidad infantil de Suecia y Costa Rica3 |
Por ejemplo, la situación económica de un país suele relacionarse, más o menos, con su situación sanitaria. La tabla 3-1 nos muestra que la TMM5 puede ser hasta setenta veces mayor en los países pobres que en los ricos, mientras que la TMI es como mucho cuarenta veces mayor. Sin embargo, como discutiremos mas tarde, la riqueza total de un país no es el determinante más importante de la salud de sus ciudadanos.
Para tener alguna idea de cómo los indicadores de salud de un país cambian con su desarrollo, podemos comparar tasas de mortalidad actuales con algunos puntos de referencia históricos.
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| Gráfico 3.3. Mortalidad
infantil y sus causas principales en la ciudad de Nueva York (Tasas por 1000 nacimientos)2 |
Gráfico 3.5. Disminución
de la TBC en Inglaterra y Gales antes de las medicinas antituberculosas5 |
Los gráficos 3-2, 3-3 y 3-4 muestran las tendencias de las TMIs en varios países del Norte y del Sur. Se puede ver que en Gran Bretaña, Suecia y en la ciudad de Nueva York todavía morían más de 100 de cada 1000 recién nacidos a finales siglo diecinueve. Esto supone una tasa de mortalidad infantil más alta que la de muchos países subdesarrollados en la actualidad. Por otra parte, las principales causas de mortalidad en Inglaterra y Gales en el siglo XIX eran esencialmente las mismas enfermedades infecciosas que matan hoy a los niños de los países subdesarrollados: diarrea, sarampión e infecciones respiratorias como neumonía, tuberculosis y tos ferina. Incluso las enfermedades que ahora llamamos tropicales, como la malaria y la lepra, causaban entonces problemas tan al norte como en Escocia y Ontario (Canadá). El cólera era antiguamente un azote temido en Europa.
¿Qué provocó que las TMIs de Europa y Estados Unidos bajaran hasta los niveles actuales? Esta espectacular disminución es atribuida a veces a avances médicos, como el descubrimiento de los antibióticos y las vacunas. Sin embargo, las evidencias sugieren otra cosa. Diversos estudios han mostrado que la caída de la TMI de Inglaterra y Gales fue debida principalmente al descenso de las muertes por enfermedades infecciosas, pero este descenso de las enfermedades infecciosas ocurrió bastante antes del descubrimiento de los antibióticos y las vacunas.4
El gráfico 3-5 muestra que la tasa de mortalidad por tuberculosis, la causa aislada de muerte más importante en Inglaterra y Gales en el siglo diecinueve, cayó notablemente antes del desarrollo de cualquier medicina eficaz o vacuna. Existen patrones similares en la disminución del sarampión, la tos ferina y otras de las más importantes causas de muerte entre los niños de los países en desarrollo.
Para entender si las naciones subdesarrolladas de hoy pueden esperar repetir los progresos en la salud de los países desarrollados debemos primero examinar cómo se produjeron esos progresos. Históricamente, la caída de las tasas de mortalidad del Norte coincidió con adelantos en la nutrición y las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera y de las familias pobres. Dado que las circunstancias de este proceso están especialmente bien documentadas en Inglaterra y Gales, los usaremos como caso práctico.6
La mejora del nivel de vida y la salud de la población inglesa suele relacionarse con la Revolución Agrícola del siglo dieciocho y la Revolución Industrial de 1750-1850. Sin embargo, estas revoluciones tuvieron aspectos positivos y negativos. Aunque el cambio hacia la agricultura y la industria a gran escala aumentó la producción de alimentos y bienes, también agravó la escasez de tierra, la emigración a las ciudades, el desempleo, las condiciones insalubres y la desnutrición -todo lo cual tuvo devastadoras consecuencias sobre la salud de los pobres y la clase trabajadora-. La miseria desencadenada por tales injusticias provocó otro tipo de revolución: la revolución de la clase trabajadora, que hizo despertar a los oprimidos dando lugar a una lucha unida y organizada. Fue esta clase de lucha, la exigencia de sus derechos por parte de los desfavorecidos, la que al final provocó la redistribución de los recursos y extendió las mejoras en la salud y las condiciones de vida.
En resumen, las revoluciones agrícola e industrial no mejoraron por sí mismas la salud de la población pero, debido a los graves apuros que ocasionaron a millones de personas, desencadenaron una exigencia popular organizada para conseguir una sociedad más justa y equitativa.
Uno de los primeros pasos hacia la producción capitalista a gran escala, que simbolizó la Revolución Agrícola, fue el Movimiento Enclosure (cercado de campos), que alcanzó su punto álgido entre 1760 y 1812. Grandes terratenientes, deseosos de hacer enormes fortunas vendiendo alimentos a la creciente población de Gran Bretaña, desecharon los «campos comunes» (sistema de tenencia de tierras de campos abiertos) que había prevalecido durante casi mil años.7 Estos magnates de la tierra acumularon, concentraron y cercaron tierras que antes habían sido cultivadas por pequeños campesinos para su propia subsistencia, así como tierras que habían sido usadas por todos los miembros de la comunidad como pastos o para recolectar leña.8 En esencia, el movimiento de cercado de campos reemplazó la agricultura de subsistencia a pequeña escala por una agricultura comercial a gran escala. Esto aumentó la producción de alimentos, pero también obligó a muchos pequeños campesinos a abandonar sus tierras, y muchos de ellos emigraron a las ciudades y se convirtieron en los obreros de la Revolución Industrial. Las semillas de la consiguiente lucha de clases están vivamente captadas en las palabras desesperadas de un participante de un motín rural que tuvo lugar en 1816:
Aquí estoy entre el Cielo y la Tierra, así que ayúdame Dios mío. Perdería mi vida antes que llegar a casa como estoy. Pan quiero y pan tendré.9
La migración a las ciudades de las familias desplazadas del campo, conocida como «éxodo rural», persistió durante toda la revolución agrícola y la industrial. Estas familias se congregaron en barrios de chabolas con viviendas muy deficientes y agua y saneamiento enormemente inadecuados. El hacinamiento y la falta de higiene de estos guetos urbanos se corresponden con los asentamientos ilegales actuales del Tercer Mundo.
En los primeros tiempos de la Revolución Industrial la desnutrición era la norma. Esto se evidencia por el retraso del crecimiento registrado en los escolares ingleses, que realza el vínculo entre desnutrición y pobreza. En la década de 1870, los niños de más de 11 años de los colegios de la clase trabajadora eran, por término medio, de tres a cinco pulgadas (7,6-12,7 cm.) más bajos que sus equivalentes de los colegios de clase alta. Hoy día, aunque los niños del Tercer Mundo son, por término medio, más bajos que los de los países desarrollados, los niños de las familias ricas del Tercer mundo son tan altos como los niños del Primer Mundo.10
Friedrich Engels observó disparidades similares en los indicadores de salud entre ricos y pobres en su revolucionario trabajo de 1845, Die Lage der Arbeitenden Klasse in England (La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra). Engels vio que la tasa de mortalidad de las clases bajas era dos veces más alta que la de las clases altas.11
En el siglo diecinueve el hambre, la pobreza y el desempleo de Inglaterra provocaron primero el descontento general, y luego huelgas y revueltas populares. El Estado respondió con una represión brutal; de hecho, la policía británica fue creada en 1829, precisamente para contrarrestar tales disturbios. La miseria popular y el descontento llevaron a la formación de sindicatos, cuya exigencia básica era que los patronos pagaran a los obreros lo suficiente para alimentar a sus familias. La toma de conciencia inducida por estas exigencias, junto con los escritos de Dickens y otros activistas sociales, tuvieron al final efecto. Algunas figuras influyentes de las clases media y alta empezaron a pedir medidas para mejorar la situación de los pobres, ya fuera por compasión (especialmente por los niños pobres) o por un deseo pragmático de detener las revueltas.
Durante décadas, la presión de los sindicatos y de los reformadores consiguió mejoras en los salarios y las condiciones laborales. El creciente desencanto público por la alta mortalidad por enfermedades infecciosas -y en particular por cuatro grandes epidemias de cólera entre 1830 y 1866- forzó al parlamento a aprobar las Leyes de Salud Pública de 1848, 1866 y 1875.12 La Ley de 1875 creó comités locales responsables de las medidas sanitarias. Las iniciativas sobre salud incluían regulaciones medioambientales sobre el suministro de agua, aguas residuales, viviendas, matanza del ganado, hospitales de cuarentena y la creación de parques y otros espacios abiertos, así como una educación más universal.13
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| Sopa de Monstruos, habitualmente llamada agua del Támesis (grabado de 1828). |
En resumen, las profundas mejoras en la salud de la población inglesa resultaron de los progresos en las condiciones de vida y trabajo y en la nutrición. Más en general, fueron resultado directo de los progresos en la igualdad social. Estos adelantos no fueron resultado automático del crecimiento económico. La gente pobre tuvo que luchar por ellos frente a la resistencia de los intereses creados de los privilegiados. En los demás países industrializados tuvieron lugar procesos similares.
Los cambios en el orden social que benefician a los desfavorecidos suelen encontrar la resistencia de la elite dirigente, y requieren una presión organizada desde abajo. Como expresó Frederick Douglass, un líder de la lucha para abolir la esclavitud en Estados Unidos:
«Sin lucha no hay progreso [...] El poder no concede nada si no se le exige. Nunca lo hizo y nunca lo hará [...] Puede que el pueblo no obtenga todo por lo que trabaja [...] pero es seguro que tiene que trabajar por todo lo que consiga.»14
Otra lección importante de la historia es que los cambios sociales que benefician a los desfavorecidos, una vez logrados, deben ser defendidos de manera vigorosa y continuada; Thomas Jefferson dijo que las revoluciones hay que volver a lucharlas cada 20 años.
Hoy, Londres se enfrenta una vez más a crecientes niveles de pobreza, chabolismo, niños en la calle y desigualdad, como en la ciudad de Nueva York. Bajo el liderato conservador de Margaret Thatcher, el nivel de vida de las clases bajas se deterioró de manera incuestionable. Sin embargo, en comparación con la situación del siglo diecinueve, los derechos y salarios de los obreros ingleses actuales son mucho mejores, como su nutrición, sus condiciones de vida, el suministro de agua y el saneamiento. Los sindicatos siguen siendo relativamente fuertes. La educación es casi universal. Y, aunque el Servicio Nacional de Salud ha sido parcialmente desmantelado y privatizado por las administraciones conservadoras, todavía hay servicios básicos de salud a costa del Estado para la mayoría de los ciudadanos.
La difícil situación actual de muchos niños del Tercer Mundo es comparable a la de los niños pobres de la Inglaterra del siglo XIX, cuyas trágicas vidas y muertes fueron muy bien descritas por Charles Dickens en Oliver Twist y otras novelas. Con pocos cambios, los pillos de las calles del Londres de Dickens podrían pasar por los niños «intocables» de La Ciudad de la Alegría de Dominique Lapierre (basada en los barrios pobres de Calcuta, India), o por Pixote, el niño sin hogar de la película Brasileña del mismo título, o por Krishna, de la película india Salaam Bombay.
Los creadores de todas estas novelas y películas desgarradoras, de ayer y de hoy, dan vida a la tragedia personal y al sufrimiento que muchas veces se pierde cuando hablamos de «tasas de mortalidad de menores de cinco años» (TMM5). Dejan claro que el hambre, la pobreza, el desempleo, los salarios inadecuados, las condiciones de vida miserables -en gran parte consecuencia de la explotación continua del débil por el fuerte y del escaso poder de la mayoría pobre- son los factores clave que hay detrás de la enfermedad y la muerte temprana.
Tras haber mirado a algunos de los acontecimientos y enfrentamientos que llevaron a la mejora de los niveles de vida y la salud en los países industrializados del Norte, ¿podemos esperar de manera realista que los países actuales del Tercer Mundo sigan un camino similar de desarrollo económico y social? Antes de valorar esta cuestión, debemos examinar brevemente las razones de la actual situación de subdesarrollo de estos países.
En gran medida fue la implacable explotación del mundo no europeo lo que hizo posible la revolución industrial. La rápida colonización diezmó las poblaciones indígenas de África, Asia y América. Sus economías de subsistencia, patrones culturales y todos sus modos de vida fueron quebrantados. La introducción de enfermedades infecciosas, como la viruela y el sarampión, prácticamente destruyó poblaciones enteras que no habían sido expuestas anteriormente. Además, la riqueza robada a las colonias del Sur fue el combustible para la industrialización de muchos países del Norte. Esto fue particularmente cierto en Gran Bretaña, donde el comercio exterior fue una fuente principal de capital nuevo. La industria textil del algodón, por ejemplo, contribuyó a proporcionar capital para el desarrollo de las industrias nacionales del hierro, el acero y de maquinaria. La historia fue la misma en otros países europeos, como España, Portugal, Francia y los Países Bajos. Para empeorar las cosas, muchos países colonizados del Sur se convirtieron en víctimas del comercio de esclavos, otra gran fuente de capital para las naciones colonizadoras. Tras ser embarcados los primeros esclavos para Virginia en 1619, diez millones de africanos fueron secuestrados para América en un mercado humano que continuó hasta 1867. De esta forma, el nacimiento de las economías privadas de mercado orientadas al lucro (i.e., el capitalismo) que acompañó a las revoluciones agrícola e industrial, fue posible a costa de la gente pobre de los países del Norte, así como de sus colonias del Sur.
Hacia la década de 1860 las fuerzas del mercado y la libre competencia que habían estimulado el desarrollo de la industria europea, habían aumentado de manera indudable la producción de bienes. Pero la producción mecanizada comenzó a reemplazar a los trabajadores, aumentando así el desempleo y haciendo caer los salarios, desencadenando la primera depresión económica grave de Europa. Con el propósito de conseguir la recuperación económica, muchas industrias se fusionaron, lo que provocó un giro desde las condiciones de relativa competencia a unas más monopolísticas, con el poder económico concentrado.
Esta transición desde unidades pequeñas y competitivas de producción a grandes industrias monopolísticas se ha acelerado durante el siglo XX con profundas repercusiones para el Tercer Mundo. Los intereses empresariales del Norte se volcaron cada vez mas en el Sur sin industrializar como salida lucrativa para invertir sus excedentes de capital. Exportando su método de producción monopolístico y a gran escala a los países subdesarrollados, las naciones industrializadas ahogaron el desarrollo económico autóctono. De esta manera, los poderosos intereses empresariales del Norte transformaron el Tercer Mundo en un campo preparado para la inversión.
La tendencia hacia el monopolio, la progresiva concentración del poder económico y el aumento de inversión en el Tercer Mundo han culminado durante el siglo XX con la formación de gigantescas corporaciones multinacionales (CMNs) o transnacionales.* Hoy, el total de las ventas de las 350 mayores CMNs superan a los productos nacionales brutos individuales de todos los países del Tercer Mundo.15 Muchas CMNs se han diversificado, invirtiendo en industrias muy distantes de sus líneas originales negocio. Las CMNs realizan en torno a dos terceras partes de su actividad en países desarrollados, y el tercio restante en Asia, África y América Latina. Al principio, sus operaciones en el Tercer Mundo se centraban en la minería y la agricultura. Sin embargo, en las últimas décadas, las CMNs han empezado a trasladar sus fábricas a los países del Tercer Mundo con infraestructuras adecuadas (como México, Corea del Sur, Taiwán y Sudáfrica) para aprovecharse de su mano de obra barata y menos organizada. (El impacto negativo de las CMNs sobre la salud se trata en el Capítulo 12.)

Hemos perfilado brevemente el proceso mediante el cual el Primer Mundo ha colonizado y se ha aprovechado del Tercer Mundo. Comprender esta dinámica histórica es crucial para evaluar si el Tercer Mundo puede ahora repetir el proceso que llevó al desarrollo social y económico, y a las correspondientes mejoras en la salud, de Europa.
Hoy día monopolios gigantescos, con su avanzada tecnología y su sofisticada habilidad para dominar el mercado, han penetrado en la mayor parte del Tercer Mundo. Como pasó en la Inglaterra feudal, los intereses de los ricos (extranjeros y nacionales) se han apropiado de grandes extensiones de tierra de pequeños campesinos para expandir los cultivos comercializables. La introducción de la industria agrícola a gran escala -promovida por la ayuda externa como una forma de desarrollo- ha dejado sin tierra a millones de habitantes del campo del Tercer Mundo. Un estudio estima que «en el Tercer Mundo al menos 1.000 millones de personas del campo (aproximadamente una de cada tres) han sido privados de tierras de cultivo.»16 El cambio en la posesión de la tierra también ha perjudicado a la agricultura tradicional de subsistencia, provocando una caída brusca de la producción de alimentos para el consumo local y un aumento de la desnutrición. (La escasez de tierra también ha sido citada como una causa que contribuyó al reciente genocidio de Ruanda.)17
Algunos pequeños campesinos que han sido echados de sus tierras encuentran empleo trabajando para grandes terratenientes o empresas agrícolas de capital extranjero. Sin embargo, estos trabajos escasean a medida que el trabajo manual es reemplazado por máquinas. Por ello, la mayoría de los campesinos sin tierra emigraron a los barrios urbanos de chabolas en busca de trabajo, una preocupante repetición del éxodo rural de la Inglaterra del siglo diecinueve. Hoy, cerca de 45% de los habitantes del mundo (unos 2600 millones) vive en las ciudades, y el Instituto Worldwatch estima que para el año 2025, aproximadamente el 60% (unos 4.000 millones) residirá en áreas urbanas.18 Una vez allí, los trabajadores emigrantes descubren que la industria mecanizada de propiedad extranjera sólo puede absorber a una parte de ellos. El desempleo general que resulta del llamado crecimiento sin empleo de la gran industria se traduce en sindicatos débiles y caída de salarios.
El ingenio de los pobres que emigraron a las ciudades ha desarrollado el llamado sector extraoficial. (Se refiere a la gente que gana dinero al margen de la economía de salarios, mediante actividades improvisadas como trabajos ocasionales o chapuzas, venta ambulante, recolección de basura, fabricación de cestas, reparación de zapatos, venta de agua y guiado de turistas -por no mencionar el robo, la prostitución, la venta de drogas y las apuestas-.)19 Mientras tanto, la suciedad, el hacinamiento de los barrios pobres y las chabolas se expanden a un ritmo alarmante en Latinoamérica y el Sudeste de Asia (y en menor medida en África, que ha sido tradicionalmente más rural). El cinturón séptico de muchas ciudades posee hoy tasas más altas de enfermedad y muerte que muchas áreas rurales.20 Debido a la falta de higiene y al hacinamiento, las enfermedades diarreicas de los niños son particularmente devastadoras.
Durante los años 50, la corriente principal de pensadores sobre el desarrollo vio el crecimiento económico nacional mediante las grandes empresas y el comercio internacional como una panacea que al final «gotearía» desde las elites del Tercer Mundo a la mayoría pobre. En las dos décadas siguientes, sin embargo, se hizo evidente que era más lo que goteaba hacia arriba que lo que goteaba desde arriba. El crecimiento económico se acompañó a menudo de un crecimiento de la pobreza. El desempleo creciente y la caída de los salarios llevaron a una mayor desigualdad social y económica.21
Un claro ejemplo de esto es el «milagro económico» de Brasil de finales de los 60 y principios de los 70. El golpe militar de 1964 fue seguido en Brasil de un rápido crecimiento económico. En su estudio de la ciudad de São Paulo, Charles Wood muestra que este milagro se basó en la explotación intensiva de la clase obrera, lo cual se tradujo una caída sustancial de los salarios y del nivel de vida de la mayoría de la población. De forma similar, Filipinas experimentó un aumento en el producto nacional bruto (PNB) per cápita durante la primera mitad de los años 70, pese a que el número de filipinos viviendo en la pobreza aumentó durante ese periodo.22
Esta correlación entre crecimiento económico del sector industrial
y aumento de la miseria de los pobres incitó a George Kent en The
Politics of Children's Survival (Las
Políticas de Supervivencia Infantil) a defender el uso de las tasas de
supervivencia infantil en vez del crecimiento económico como indicador
del nivel de desarrollo de una sociedad.23
Kent reconoce que esto sería un «indicador sesgado, particularmente
sensible a las condiciones de los pobres», pero argumenta que la «medida
más convencional del desarrollo, el producto nacional bruto per cápita,
también es un indicador sesgado, que en este caso favorece los intereses
de los ricos.»24 Se puede razonar
que una medida aún mejor del desarrollo incluiría indicadores
de la calidad de vida, como las tasas de enfermedad y desnutrición, y
no sólo las tasas de supervivencia.
Como hemos visto, la situación actual del Tercer Mundo recuerda la del Primer Mundo en los siglos dieciocho y diecinueve, pero en algunos aspectos es bastante diferente. Enfrentados con circunstancias similares, los países ahora industrializados consiguieron mejoras en la salud sobre todo gracias a progresos generalizados en nutrición, saneamiento, condiciones de vida y de trabajo, y educación. Esto se logró mediante la combinación de diversos factores, incluyendo la presión de los sindicatos para la mejora de los salarios y de las condiciones de trabajo, la preocupación de las elites por la estabilidad social y la presión de movimientos sociales como el movimiento Health of Towns (Ciudades Saludables). El crecimiento industrial había creado muchas de las nuevas amenazas para la salud, pero también contribuyó a mejores condiciones de vida y nuevos programas sociales. El impacto de unas estrategias de prevención y unos tratamientos más eficaces sobre el nivel de salud de la población vino mucho después, y fue menos significativo, que la mejora de las condiciones de vida. (Es difícil diferenciar el impacto de las nuevas tecnologías preventivas y de tratamiento del impacto del aumento de los conocimientos sanitarios de la población, que suele acompañar a la generalización del acceso a la atención médica.)
El mundo subdesarrollado de hoy tendría que ser capaz de lograr avances en salud, en parte mediante un proceso similar. Pero la tarea de mejorar la salud y superar el subdesarrollo es más complicada que simplemente reconstruir el camino del desarrollo de los países industrializados. Los caminos del desarrollo de cada país tienen que situarse dentro del contexto más amplio de la economía mundial. Diversos mecanismos explotadores utilizados por el Norte no pueden ser reproducidos por las actuales naciones en desarrollo. Nos referimos a (1) el saqueo de las riquezas humanas y materiales de las demás naciones, (2) el comercio de esclavos, y (3) la exportación del excedente de capital y la importación de materias primas de países mas débiles y dependientes bajo relaciones comerciales explotadoras.**
Buena parte del capital que se necesitó para la industrialización de los países del Norte procedió de la explotación de «sus» colonias. Los países subdesarrollados de hoy no están en posición de explotar ninguna colonia de su propiedad; por el contrario, continúan siendo explotadas por un sistema comercial y financiero estructurado para servir a los intereses de la elite y las clases medias del Norte. Las economías del Tercer Mundo están cada vez más dominadas por las corporaciones multinacionales del Primer Mundo, que se han aliado con las elites del Tercer Mundo. Dados todos estos factores, la ruta que siguió el Primer Mundo para desarrollarse está cerrada para la mayoría de los países en vías de desarrollo.
Además, cada vez más ciudadanos del Primer y el Tercer Mundo están valorando el camino del desarrollo del Norte (o del Oeste) y decidiendo que no parece que sea deseable, éticamente aceptable o ni siquiera factible. Ven que el desarrollo convencional incluye desigualdades manifiestas y crecientes. Es más, aunque el modelo occidental de desarrollo tuviera éxito en muchos más países, el medio ambiente mundial no podría mantener el uso excesivo de los recursos y la producción masiva de desechos.
Si nuestro actual modelo de desarrollo no ha logrado un crecimiento económico sostenible en muchos países del Tercer Mundo, ha tenido aún menos éxito en producir un verdadero desarrollo socioeconómico y humano para las mayorías pobres de esos países. Para millones de personas las mejoras de los ingresos, la nutrición, las condiciones de vida, la atención de salud y la educación han sido, en el mejor de los casos, mínimas, y para muchos la calidad general de vida ha empeorado. Más de mil millones de personas siguen viviendo en la pobreza absoluta.25
En su informe Estado Mundial de la Infancia de 1989, el UNICEF culpaba de los retrocesos de los años 80 en la salud y el desarrollo a la «prisión financiera» por el «aumento de los pagos en concepto de amortización e intereses de la deuda externa y la caída de los precios de los productos básicos».26 Esta crisis de la deuda tiene su origen principalmente en los préstamos irresponsables hechos por grandes bancos comerciales de EE.UU., Europa y Japón.27 Veamos los hechos que condujeron a los países del Tercer Mundo a esta trampa de la deuda.
Durante la década de los 70 la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) cuadriplicó el precio del petróleo. Estos países ricos en petróleo depositaron gran parte de las ganancias resultantes en bancos del Norte. Inundados de dinero, los bancos decidieron invertir en el desarrollo del Tercer Mundo, cuyas condiciones fueron en gran parte determinadas por los prestamistas del Norte. Se concedieron enormes préstamos a grandes empresas agrícolas y a la gran industria, las cuales producirían bienes para exportar y generar así las divisas necesarias para pagar la deuda.
Estos préstamos eran distribuidos generosamente sin evaluar la capacidad de las naciones receptoras para devolverlos. De hecho, en muchos casos estaban siendo pagados con tasas de interés negativas (tasas de interés más bajas que la tasa de inflación del momento). Un aura de optimismo llevó a los funcionarios bancarios a creer que los países endeudados se acercarían progresivamente a la prosperidad económica, y que sus préstamos rendirían generosas ganancias. Así, entre 1970 y principios de los 80, la deuda externa del Tercer Mundo aumentó desde 68.000 a 596.000 millones de dólares.28
Sin embargo, la situación ha cambiado enormemente desde 1981. El presidente Reagan llegó al poder con un programa electoral de limitación de la oferta de dinero (subiendo el tipo de interés) para controlar la inflación y reducir los impuestos nacionales, aumentando a la vez el gasto en la nueva carrera armamentística para forzar la bancarrota de la URSS. La combinación de altos tipos de interés y la emisión de deuda pública (el propio gobierno pide préstamos) atrajo el dinero hacia EE.UU. e invirtió el flujo de petrodólares (que se estaba agotando de todas maneras por la caída del precio del petróleo a finales de los 70).
La trampa de la deuda fue activada con un brusco aumento de los tipos de interés en todo el mundo (hasta el 18%); los países deudores del Tercer Mundo quedaron verdaderamente atrapados. A principios de los años 80 estaba quedando claro que algunos países estaban a punto de dejar de pagar sus deudas. Los bancos adoptaron una nueva postura conservadora: pocos créditos, altos tipos de interés y congelación de nuevos préstamos. Al mismo tiempo, los países subdesarrollados sufrían caídas en los ingresos por las exportaciones (relacionadas con la recesión) y una inflación creciente. México, en 1982, fue el primer país que anunció que, sencillamente, no podía pagar.
A principios de los 80 esta creciente carga de la deuda estaba atascando y perjudicando el crecimiento económico de muchos países del Tercer Mundo. También estaba retardando o interrumpía las mejoras en la salud de las personas y en la supervivencia infantil. Mientras la elite de los países pobres se enriquecía (como lo hicieron los expertos y comerciantes del desarrollo del Norte), los gobiernos del Tercer Mundo no tenían suficiente en sus arcas para pagar los salarios de profesores y enfermeras ni para mantener programas sociales básicos.
Debería insistirse en que los gobiernos y las elites nacionales del Tercer Mundo que solicitaron con ansia estos préstamos deben también asumir su parte de culpa por el estancamiento económico resultante. Fue muy imprudente por su parte pedir prestadas cantidades que no tenían esperanzas realistas de devolver, y adoptar incondicionalmente el modelo occidental de desarrollo orientado al crecimiento. En muchos casos, las cantidades que pidieron prestadas fueron usadas para proyectos grandiosos «de desarrollo», como embalses gigantes, elegantes aeropuertos internacionales, aventuras empresariales de alto riesgo, compra de armas y otras actividades diseñadas a favor de sus propias fortunas económicas y políticas. Sin embargo, dada su poderosa posición y su capacidad para establecer los términos de la economía mundial, los bancos y los gobiernos/universidades/industrias del Norte que promovieron el modelo de «desarrollo a través de la deuda» deben ser considerados los más culpables.
Los programas de ajuste estructural impuestos por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han socavado el progreso económico y social recortando salarios, minando las aportaciones de los pequeños productores y poniendo los servicios sociales -particularmente la atención de salud y la educación- fuera del alcance de los pobres.
-De la Declaración Alternativa de Copenhague en la
Cumbre Mundial para el Desarrollo Social de marzo de 1995.29
La crisis de deuda de los países del Tercer Mundo -que sigue presente hasta hoy- ha contribuido también a la recesión económica mundial. La recesión comenzó en los países industrializados hacia 1981-83, finalizando la larga expansión económica que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Fue precipitada por las férreas políticas financieras que adoptaron los países del Norte (en particular EE.UU. y el Reino Unido) desde principios de los años 80, que incluían limitación de créditos, altos tipos de interés y recortes en el gasto público.
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| Gráfico 3.6.
Deuda externa de los países subdesarrollados, 1970-94.32 |
Gráfico
3.7. Deuda del Tercer Mundo en relación con su PNB, 1970-93.40 |
La desaceleración económica resultante repercutió inmediatamente en los países subdesarrollados por la reducción de la demanda europea y estadounidense de exportaciones del Tercer Mundo (lo que causó la bajada del volumen y de los precios de las exportaciones) y los recortes en la ayuda externa.30 Esto llevó a una reducción de los fondos que fluían hacia los países del Tercer Mundo, y también a un aumento de los pagos en concepto de intereses de sus deudas externas y a un continuo deterioro de sus condiciones comerciales (crecimiento de los precios de las importaciones respecto a los precios de las exportaciones). El resultado neto fue una inversión del flujo de capital entre el Primer y el Tercer Mundo. Los países subdesarrollados pasaron de ser importadores netos a ser exportadores netos de capital. En 1979, se produjo un flujo neto de 40.000 millones de dólares desde los países ricos a los países pobres.31 En 1989, el flujo neto era de al menos 20.000 millones de dólares anuales desde los países pobres a los ricos.33 Si tenemos en cuenta las condiciones comerciales cada vez peores afrontadas por los países en desarrollo, este flujo se acerca a 60.000 millones de dólares por año.34 Además, al mismo tiempo que exportaban capital a los países desarrollados, las naciones subdesarrolladas veían cómo sus deudas continuaban creciendo.
Estos hechos han tenido un impacto
devastador sobre el Tercer Mundo. Entre 1980 y 1985 tres de cada cuatro países
en desarrollo experimentaron una bajada de su producto interior bruto per cápita.
En África, el 84% de la población sufrió un crecimiento
económico negativo. El número de latinoamericanos con ingresos
por debajo del umbral de pobreza aumentó un 27% de 1980 a 1990, con salarios
mínimos urbanos cayendo un 74% en Perú, 58% en Ecuador y un 50%
en México.35 Y lo que quizá
sea lo más revelador de todo, el número de países del Tercer
Mundo clasificados como «países menos desarrollados» por la
ONU aumentó de 31 a 42 durante la década de los 80.36
La crisis de la deuda y
la recesión de los años 80 azotaron de manera especialmente dura
a las familias pobres de los países subdesarrollados, particularmente a
los niños. Esto puede ser relacionado directamente con la paralización
de la disminución de la mortalidad infantil en muchos países, entre
ellos Chile y Filipinas. En países tan distintos como Brasil, Ghana y Uruguay,
las tasas de mortalidad infantil aumentaron significativamente.37
El UNICEF declaraba que:
«Sabemos que los niños han pagado el precio más alto por el
endeudamiento del mundo en desarrollo. Datos fragmentarios [...] revelan un
cuadro de creciente desnutrición y, en algunos casos, de incremento
de la mortalidad infantil, en los países más endeudados de África
y América Latina.»38
Cuando comprendemos todo el impacto de la crisis de la deuda, estos
retrocesos son fáciles de entender. Hoy día, muchos países
deben más por su deuda principal e intereses de lo que ganan con sus
exportaciones.39 Muchos gastan hasta
un 40% de sus ingresos por exportaciones sólo para pagar los intereses
de su deuda.41 Y la mayoría de
los países pobres gastan más en servir a la deuda que lo que reciben
en nuevos préstamos y ayuda externa. El África sub-sahariana (excluyendo
Sudáfrica) debe en su conjunto unos 180.000 millones de dólares
-tres veces el total de 1980, y un 10% más que su producción anual
de bienes y servicios.42
Ya no usan balas ni cuerdas. -Jesse Jackson44
En el punto álgido de la crisis de la deuda, a principios de los 80,
el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial acudieron al rescate
de los bancos del Norte. Para evitar que las naciones del Tercer Mundo dejaran
de pagar sus enormes deudas, el FMI y el Banco Mundial comenzaron a ofrecerles
créditos blandos, pero con condiciones. Para satisfacer los requisitos
de los préstamos del FMI, los países pobres tenían que
aceptar austeros Programas de Ajuste Estructural (PAEs). Estos programas, en
pocas palabras, exigen a los países deudores que ajusten la estructura
de sus economías para asegurar que (1) sigan pagando sus deudas externas
y (2) acaten las condiciones del sistema de mercado del Norte.
Las naciones deudoras no han tenido más remedio que aceptar los mandatos
de las instituciones financieras internacionales. Además de los préstamos
que hacen directamente, estas poderosas instituciones sirven también
como guardabarreras de la ayuda del Norte. Así, otros grandes prestamistas,
privados y estatales, recurren al FMI y al Banco Mundial para certificar que
un determinado país del Tercer Mundo sigue políticas responsables
(léase «ajustadas al mercado libre») y merece por ello más
préstamos. Una negativa del FMI es el beso de la muerte para las esperanzas
de un país de financiación externa.45
Muchos analistas progresistas están de acuerdo en que las políticas
de ajuste estructural impuestas por el FMI y el Banco Mundial son lo contrario
de lo que se necesita para promover un desarrollo saludable y orientado a la
equidad. En vez de ayudar a los gobiernos del Tercer Mundo para que vayan más
allá de las intervenciones de emergencia, hacia un amplio cambio social,
obligan a los gobiernos a recortar drásticamente la ayuda y los servicios
públicos. Como razona Jonathan Cahn en el Harvard Human Rights Journal
(Boletín de Harvard sobre Derechos Humanos):
«El Banco Mundial debe ser considerado una institución gubernamental,
que ejerce su poder a través de su influencia financiera para dictar
regímenes legales completos e incluso para alterar la estructura constitucional
de las naciones receptoras de préstamos. Los asesores nombrados por el
Banco a menudo modifican la política comercial, políticas fiscales,
necesidades de funcionarios, leyes laborales, planes de atención de salud,
regulaciones medioambientales, política energética, desplazamientos
de población, reglas de aprovisionamiento y la política presupuestaria
de un país.»46
En general, los PAEs exigen a los países pobres que desvíen capital
para continuar pagando sus deudas externas a los bancos del Norte. Entre sus
componentes se encuentran:

Tan cínicamente como en los días del colonialismo, los ricos viven
a costa de los pobres. El economista estadounidense John Kenneth Galbraith describe
la crisis de la deuda como un «increíble proceso de empobrecimiento
de los pobres para el enriquecimiento de los ricos.»43
Políticas
de ajuste estructural: salvando
a los ricos a expensas de los pobres
Usan el Banco Mundial y el FMI.
Componentes
del ajuste estructural
En general, los PAEs exigen que las políticas nacionales se ajusten al libre comercio, al sector privado y al modelo empresarial externo (del Norte).
El Banco Mundial sostiene que no hay pruebas de que los PAEs hayan tenido efectos adversos sobre la salud y el nivel de vida de los pobres, pero informes de muchos países revelan lo contrario. El Banco declara que, aunque la pobreza ha empeorado en la mayoría de los países que han estado sujetos al ajuste estructural, nadie sabe si su situación podría haber empeorado tanto o más sin el ajuste; por ello, no hay base para acusar a los PAEs de haber perjudicado a los pobres. (Esta afirmación del Banco Mundial recuerda a la insistencia de la industria tabaquera sobre que no hay pruebas de que los fumadores que mueren por cáncer o enfermedad cardiaca no habrían muerto igual si no hubieran fumado.) Hay, sin embargo, muchas pruebas que indican que estas políticas han tenido un efecto devastador sobre las familias pobres, empujándolas muchas veces desde el umbral de la miseria a la miseria absoluta.
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Países del Tercer Mundo (sombreados) que se
sometieron a programas de ajuste estructural durante el periodo 1980-1991. |
El ajuste estructural perjudica a los pobres de diversas maneras relacionadas entre sí:
Con todos estos efectos, apenas sorprende que las tasas de mortalidad infantil se hayan incrementado en varios de los países que han adoptado PAEs. Algunos expertos sostienen que, si continúan estas políticas, se necesitarán 30 años para alcanzar el nivel de vida de hace 25 años.48
Brasil proporciona un ejemplo muy gráfico. Con una de las mayores deudas externas del mundo (más de 100.000 millones de dólares), los intereses de su deuda superan los 30 millones de dólares diarios. El país no ha tenido más remedio que aplicar el ajuste estructural a cambio de más préstamos del FMI. El UNICEF informa de que en Brasil «los recortes en el presupuesto para salud produjeron retrasos en la vacunación de los niños, con posteriores brotes de enfermedades transmisibles.»49
Desde finales de los años 80, las tasas de mortalidad infantil de Brasil han mejorado (según los datos de los informes del UNICEF Estado Mundial de la Infancia). Las mejoras más destacadas se encuentran en el estado de Ceará, el cual ha invertido mucho en una iniciativa de atención primaria de salud, junto a una red de promotores comunitarios de salud remunerados. A pesar algunos logros recientes, sin embargo, Brasil como conjunto continúa teniendo una preocupante tasa de mortalidad infantil (TMM5 de 63) a la vista de su PNB per cápita relativamente alto. El problema, en gran parte, reside en la enorme desigualdad con la que está distribuido el PNB.
En México, con una deuda y un programa de ajuste parecidos a los de Brasil, los salarios mínimos cayeron en las ciudades un 50% entre 1980 y 1990.50 En 1987, el Instituto Nacional Mexicano de Nutrición informó de que «entre un 80% y un 90% de los niños [mexicanos] pasan por un periodo de desnutrición temprana, por el cual sufren pérdidas irreparables en su capacidad mental y física.»51 El Tratado de Libre Comercio Norteamericano (NAFTA) y el derrumbe del peso a finales de 1994 están originando aún más desempleo y privaciones para los pobres, mientras los salarios siguen cayendo y los precios se disparan.52 (Véase p. 159)
El Banco Mundial debe aceptar que su instrumento real de tortura es su insistencia en el crecimiento, sus teorías económicas a costa del bienestar humano...
Cuanto antes se den cuenta las naciones deudoras de la naturaleza política del Banco Mundial, antes serán capaces de hacer frente a las falsas teorías económicas del Banco con un arma equivalente: el poder popular.
-Ken Saro-Wiwa, disidente, escritor y ecologista nigeriano,
ahorcado en 1995 por la dictadura militar de Nigeria53
El FMI y el Banco Mundial han elegido a los sectores llamados no-productivos (i.e. que no producen ganancias), como la salud y la educación, para recortes presupuestarios. Sin embargo, hasta hace muy poco, casi nunca han exigido recortes en el gasto militar, aún cuando los presupuestos militares de los países del Tercer Mundo son actualmente siete veces mayores que en 1960, y en muchos países el presupuesto militar es mayor que los presupuestos de salud y educación juntos. Es evidente que un gasto tan elevado en armamento no es lo más conveniente para el desarrollo o la recuperación económica de los países pobres. Tampoco favorece a los niños, que sufren desmesuradamente los estragos de los conflictos armados.54 Por otro lado, es de gran interés económico para los gobiernos y la poderosa industria de armas del Norte. Además, puesto que el ajuste estructural y otras políticas neoliberales envían a grandes sectores de la población a la pobreza, se hace cada vez más necesario un ejército fuerte y bien armado para reprimir las revueltas y mantener estable el país para la inversión extranjera. (Las decisiones de recortar el gasto militar tienen una clara motivación ideológica. Es interesante destacar que uno de los pocos países donde el FMI exigió la reducción del gasto militar fue Nicaragua, cuando su ejército estaba aún controlado en buena parte por los sandinistas.)
En algunos países, las políticas de ajuste estructural han sido, de hecho, acompañadas de represión. El profundo sufrimiento que causan desencadena a menudo protestas populares, las cuales llevan con frecuencia a los gobiernos
a responder de manera enérgica.55
El FMI, el Banco Mundial y la USAID contribuyen a esta conflictividad social
animando a los gobiernos de los países en desarrollo a mostrar «resolución»
a la hora de seguir las políticas de ajuste estructural y a no ceder
ante la resistencia popular.56 En la
práctica, esa resolución suele traducirse en represión.
Resumiendo, los mandatos de ajuste estructural son en esencia injustos. Como señala George Kent:
«Los ricos obtuvieron los créditos y los pobres están pagando las deudas.57 [...] Los países pobres son llamados a hacer el ajuste porque son débiles y vulnerables ante las presiones de los países desarrollados más poderosos. Las políticas de ajuste estructural de las agencias internacionales de préstamo acaban culpando a las víctimas; no consideran que podría ser la propia estructura económica mundial la que necesita un ajuste.»58
El modelo del ajuste estructural «mantiene que los débiles deben
ajustarse a un sistema gobernado por los fuertes.»59
Mientras millones de personas pobres del Tercer Mundo han sufrido y muerto por
culpa de las severas medidas de austeridad y ajuste impuestas por el Banco Mundial
y el FMI, los bancos comerciales han prosperado. Entre 1982 -cuando México
estuvo a punto de dejar de pagar su deuda- y finales de 1985, las ganancias
de los bancos mostraron florecientes mejoras, y los nueve mayores bancos aumentaron
los dividendos que pagan a sus accionistas en más de un tercio.60
Desde entonces, han seguido prosperando a la vez que concedían nuevos
préstamos, asegurando la continuación del orden establecido. Según
un informe de 1995 del Instituto Worldwatch, «los bancos estadounidenses
[...] anunciaron un aumento anual del 17% en los préstamos a países
en desarrollo a finales de marzo de 1994, y un incremento del 33% desde 1990.»61
David Korten escribe en When Corporations Rule the World (Cuando las
Corporaciones Gobiernan en Mundo):
«Si los juzgamos por su contribución a la mejora de la vida de la gente o al fortalecimiento de las formas de gobierno democráticas, el Banco Mundial y el FMI han fracasado de manera desastrosa -imponiendo una carga enorme a los pobres del mundo e impidiendo seriamente su desarrollo-. En cuanto a cumplir la misión que les encomendaron sus arquitectos originales - hacer avanzar la globalización económica bajo el dominio de los económicamente poderosos- ambos han logrado un éxito clamoroso.»62
La riqueza, el poder y el alcance mundial de muchas CMNs son ahora tan grandes que tienen una influencia estratégica para determinar las políticas económicas y de desarrollo tanto a escala nacional como internacional, y para dirigir las políticas de manera que antepongan los beneficios empresariales a las necesidades de la gente y del medio ambiente. Indirectamente, poseen gran influencia sobre las decisiones del Banco Mundial, el FMI y los acuerdos comerciales internacionales, y ayudan a impulsar los objetivos conservadores de «crecimiento a cualquier precio» que están agravando la crisis de nuestros días. Además, algunas CMNs, mediante prácticas comerciales sin escrúpulos, contribuyen directamente a la falta de salud, la desnutrición y las altas tasas de mortalidad de los niños del Tercer Mundo. En el próximo capítulo echamos un vistazo a tres industrias cuyas prácticas aumentan la mortalidad infantil por diarrea.
*Las primeras empresas multinacionales se formaron a principios de este siglo, y su número creció rápidamente tras la Segunda Guerra Mundial.
** Algunos de los países más recientemente desarrollados -básicamente Japón y los países productores de petróleo- se han acercado a este modelo colonial (o neocolonial) de explotación de los países pobres. (El comercio de esclavos, por supuesto, ha sido reemplazado por la importación de criados con sueldos bajos, prostitutas, etc.) Sin embargo, el hecho de que unas pocas ex colonias hayan tenido «éxito» hace aún más difícil que los demás países puedan seguirles.
Copyright © 2000 David Werner, David Sanders, Jason Weston, Steve Babb y Bill Rodríguez
Traducción: María Esteban Goutayer
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Última actualización: domingo, 13 de febrero de 2000